Crónica
2. ¿Y qué hago yo aquí?
Por Jorge Duro · 13 de noviembre de 2023

Es una pregunta que me invadió apenas abrí los ojos aquella primera mañana en tierras estadounidenses. Al despertar, me encontré rodeado por las paredes de la suntuosa habitación 222, en un hotel a orillas del río Ohio, frente a una metrópoli de rascacielos que parecían observarme desde lo alto, inquisitivos, como si también me cuestionaran: “¿Qué haces aquí?”
No era una duda existencial; era más bien un vértigo silencioso, un latido de inquietud que llegó de golpe, como una ráfaga inesperada. Permanecí inmóvil sobre la cama, atrapado en un encantamiento paralizador, observando el gran espacio que me rodeaba: la decoración elegante, los sonidos amortiguados, los colores apagados. A su vez, los minutos se deslizaban con lentitud mientras yo, petrificado, intentaba despegarme de esa quietud abrumadora. Sabía que no había vuelta atrás. Un destino indómito y desconocido me esperaba al otro lado de la puerta.
…no había vuelta atrás. Un destino indómito y desconocido me esperaba al otro lado de la puerta.
Allí estaba yo, en otro continente, con un contrato firmado y la responsabilidad de cumplirlo. “Welcome to America”, murmuré para mí mismo, entre el sarcasmo y el asombro, como si intentara convencerme de que estaba, en efecto, donde debía estar. Me sentía a merced de un océano vasto e inexplorado, tan desconocido y frío como adictivo y electrizante.
Con el paso de los días, esa misma pregunta continuó rondando mi cabeza, volviendo con más fuerza al llegar la tercera semana, justo cuando comenzaron las clases en uno de los colegios más desafiantes del estado.
Me esperaban nuevas costumbres, miradas desconocidas y retos impredecibles en los pasillos de la escuela, donde cada día se transformaría en un escenario inexplorado. Aquella mañana tomé una decisión: debía reescribir mi historia. No podía dejar que este capítulo de mi vida se perdiera en el olvido.
Y así fue como me entregué a este trayecto, permitiendo que mi “otro yo” encontrara una nueva voz y comenzara a narrar. Tal vez, en esas palabras, encontraría la respuesta a esa pregunta que durante mucho tiempo siguió flotando en el aire: “¿Y qué hago yo aquí?”
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