Crónica
15. 'En el agua': Ei buddy! Are you ready?!
Por Jorge Duro · 12 de abril de 2024

- Entrada anterior: Crónica 14. ‘En el agua’: La gallina se implica, el cerdo se compromete
Era la primera vez que subía a un yate y encima, remolcado por una vieja camioneta como la de Darren, una Ford F150 del 2008. Antigua pero realizó su función de maravilla. De hecho, nos sacó de una y bien cruda, como en la siguiente crónica detallaré. Me acomodé atrás, en la popa de la embarcación y a babor, e iniciamos el descenso hacia el lago Cumberland por un camino, que por mi óptica, parecía un río, un río sin agua. Se puede decir que íbamos surfeando baches y asfalto, entre bosque y casas, arbustos y vehículos. La Ford la conducía Seth y al lado iba Darren. Atrás y subidos en la embarcación, Alyssa, Hunter, Katelyn, Sheila y un servidor. La sensación era placentera y más que agradable. Me sentía como en uno de esos desfiles presidenciales, solo que cambiando los altos edificios por grandes árboles, sin nada de público y a lomos de un barco que en vez de navegar, rodaba.




En cuanto llegamos al embarcadero, Seth hizo las maniobras oportunas de aproximación para que el remolque bajara de espaldas al vehículo, marcha atrás y se deslizase por la rampa donde una vez ‘en el agua‘, soltasen la embarcación. Sentí el momento justo en que las ruedas del remolque desaparecían bajo el manto acuático y nuestros cuerpos se separaban de la tierra. La sensación de ingravidez me ocupó de lleno y un ligero vaivén acabó por confirmarlo.




Seth había sumergido casi un tercio de la camioneta y yo que observaba toda la maniobra desde atrás, temía que entrara el agua por el tubo de escape, colapsara el motor y el vehículo se parara. Sin embargo, tenían todo más que estudiado y medido. En cuanto liberaron el bote, el poderoso motor v6 de la camioneta inicio su ascenso y subió sin problema (ver vídeo 1). Darren se puso a los mandos del yate y unos metros más adelante recogimos a Seth.

Con la tripulación al completo, los siete amigos zarpamos rumbo hacia los adentros del inmenso lago, un rumbo totalmente incierto para mí, ya que no tenía ni la más remota idea del lugar al que nos dirigíamos y lo que allí encontraría. El suspense, a veces, se convierte en aliciente.
El suspense, a veces, se convierte en aliciente.
Habían hablado de una fiesta y yo ya pensaba en la típica cabaña de madera donde por la noche uno a uno íbamos cayendo como moscas, a manos de algún demente, con máscara y su sierra mecánica. Demasiadas películas había visto yo. Sin embargo, lo que más tarde vislumbrarían mis propios ojos escaparía a cualquier posible descripción. Y es que todo era tan novedoso, tan intenso, que hasta el rugir del mismo viento me sonaba diferente. Era un continuo baile de sensaciones.
todo era tan novedoso, tan intenso, que hasta el rugir del mismo viento me sonaba diferente.
El motor del yate empezó a rugir en cuanto nos alejamos de la zona de seguridad. Noté cómo el casco se elevaba y la velocidad aumentaba de manera considerable hasta rozar las 45 o 50 millas por hora (unos 80 km/h). De repente, empezó a salir música por los altavoces del barco y me quedé aún más anonadado(ver vídeo 2 y vídeo 3). Los parlantes eran de alta calidad, y las canciones tan buenas como ideales para la travesía. Me sentía en libertad, en plena comunión con la inmensidad acuática, la música, el viento, los amigos, y una cerveza que me acababa de abrir, ¿se podía pedir más?
Me sentía en libertad, en plena comunión con la inmensidad acuática, la música, el viento, los amigos, y una cerveza que me acababa de abrir, ¿se podía pedir más?

El agua estaba bastante oscura, no tanto por la profundidad, sino más por el reflejo del cielo gris y encapotado que amenazaba a lluvia inminente. La temperatura era agradable aunque un fuerte viento comenzaba a levantarse. Justo a mi vera habían colocado una gran nevera portátil, cargada de cervezas y demás elixires. Era un evidente reclamo que no desatendí. Me dio por abrir una segunda lata y testear otro nuevo sabor, todos made in USA, y la verdad y con todos los respetos, prefiero las made in Spain. Quizá, mi inadaptado paladar era por lo que las encontraba extrañas, como si les faltara algo de sobriedad, demasiado aromáticas, pero ¡anda que estaba yo para quejas!, con una cerveza fresquita, de paseo en un yate y con la mejor de las compañías. Sin palabras.
Seth se puso a los mandos del bólido y le subió aún más la palanca del acelerador. Entonces, mi cuerpo terminó de incrustarse en el espaldar del asiento y empecé a buscar cualquier asidero como alma que llevase al diablo. No quería salir proyectado hacia un lago que infundía su respeto. La conducción comenzó a no ser nada fácil, pues había que ir encarando las olas que o bien por el viento, o bien por las que transmitían otros barcos, embestían nuestra proa de manera violenta y continuada, provocando ligeros meneos y ‘saltitos‘ que para nada ayudaban a la gestión del yate, desestabilizando el rumbo y el contenido de mi lata de cerveza. Seth empezó a jugar con las olas, y el barquito saltaba cada vez más. Katelyn y Alyssa iban en la proa, por lo que su sensación sería, aún si cabe, más que espectacular. Yo permanecía atrás del todo, a la izquierda, apaciguado y sumiso ante lo que la naturaleza nos enviase. Veía claramente las ondas venir. Podía hasta predecir el momento justo de impacto, pero no estaba yo para ir pendiente del agua y perderme las bellísimas estampas que aquel ecosistema nos estaba regalando.
apaciguado y sumiso ante lo que la naturaleza nos enviase.


Semanas más tarde me enteré que aquel lago era artificial, es decir, formado por el hombre. Lo levantaron para evitar las continuas inundaciones que sufría la región por el inmenso caudal que el río Cumberland surte la zona, sobre todo en época de lluvias torrenciales. De este modo, construyeron una gran presa solucionando así el problema y creando a su vez, una importante zona de ocio y turismo para las gentes de Kentucky y sus estados anexos (Tennesse, North Carolina, Virginia, Ohio, Indiana e Illinois). Aunque Hunter y Alyssa venían desde Pensilvania, así que podía ser un reclamo para cualquier lugar.
Aprovechando el embalse que formó la presa, construyeron en el embarcadero de donde partimos un gran puerto deportivo con todo tipo de actividades acuáticas y con una de las más importantes flotas de casas flotantes, que en su mayoría se ofrecen para alquilar. Digamos que podría ser como el Benidorm de Kentucky, solo que sin playa, ni chiringuitos con espetos a la brasa. Estos y otros muchos secretos, como su gran pueblo sumergido, sus solitarias calas boscosas o sus vírgenes y salvajes acantilados acompañados de espectaculares cascadas, aguardan al aventurero en este inmenso lago, uno de los más grandes del este de los Estados Unidos, pues según me contaba Darren, tiene más de 1000 millas de costa y mucho más lugares mágicos por descubrir. Vamos, que ni te lo acabas.
Digamos que podría ser como el Benidorm de Kentucky, solo que sin playa, ni chiringuitos con espetos a la brasa.
Pues como iba contando, entre el envite de las olas y el ansia por no perderme nada del increíble momento por el que pasaba, decidí guardar el móvil en el bolsillo no fuera a ser que acabara de una forma tan ridícula en el fondo del lago. Por el contrario, sí que mantuve la lata de cerveza en la mano, aunque ante el acuciante oleaje que se estaba levando y el peligro de se me cayera por la borda, o se desparramara por el suelo, hizo que optara por bebérmela presto y de dos cortos tragos. -Cosas del directo-, me dije a mí mismo. Y ‘meeec‘: fallo garrafal. Fue lo peor que pude haber hecho, y aquí el lector más experto ya adivinará el porqué. En mi estómago empecé a sentir como una álgida fiesta donde el happy hour y la barra libre se daban de la mano. Todo me reburbujía hacia arriba y con el continuo zarandeo, aquel yate empezaba a ser ya más una atracción de feria, exactamente como una mezcla de entre La Rana Loca y El Platillo Volante. Comencé a dar más botes que un sapo y el mareo se hizo evidente. Estaba claro que allí no me podía apear ni cinco minutos. Me tocaba aguantar y hacer de tripas, corazón. Y como de tripas iba la cosa, pasé del mareo a la angustia y de la angustia a la náusea. -¡Mi reino por una biodramina, por un alto en el camino, por un OVNI que me raptase!-, imploraba mi desvalido yo. Entonces se me ocurrió levantarme y cambiarme al asiento del medio. Mi madre siempre me dice que en los barcos hay que ponerse en el medio, si no, uno se marea. Hunter me cedió el puesto sin problema, ¿y mi cara?, un pálido poema. Pero de nuevo: ‘meeec‘: craso error. En cuanto me senté comencé a salivar, y la náusa pasó a llamarse arcada, o aviso de ella. Claro que con el traqueteo ni se me notaba. Ya atisbaba el vergonzoso desenlace. Miré por un momento atrás y calculé que el vómito no solo impregnaría la cubierta del barco, sino que a la velocidad a la que íbamos, impactaría en las caras de Hunter y Sheila (la mujer de Darren, ni más ni menos), que justo iban atrás, sentadas, con los ojos cerrados y centradas en el relax que les producía el impacto del viento. De producirse el aciago incidente, sabía que me costaría la amistad con ellas y ya nada volvería a ser lo mismo. Encima, parte del premio se lo llevaría justo la inocente Hunter, que horas antes me había regalado esa esperanza a la que llamé cómicamente ‘The lucky balloon‘ (‘El globito de la suerte‘. Léase la crónica 13. ‘En el agua’: Just in case). De este modo, no me quería ver ni como la niña de El exorcista, bautizando a media tripulación; y menos aún, enemistado, casi de por vida, con Hunter ¡no, por favor! Como último recurso y en un estoico esfuerzo empecé a tragar aire, a ver si así implosionaba y se me cortaba el difícil momento. Ya solo me quedaba verlas venir.
aquel yate empezaba a ser ya más una atracción de feria, exactamente como una mezcla de entre La Rana Loca y El Platillo Volante.
y calculé que el vómito no solo impregnaría la cubierta del barco, sino que a la velocidad a la que íbamos, impactaría en las caras de Hunter y Sheila (la mujer de Darren, ni más ni menos), que justo iban atrás, sentadas, con los ojos cerrados y centradas en el relax que les producía el impacto del viento.
Entonces, algo inesperado sucedió. El fuerte azote de una mala ola nos envistió frontalmente y de manera tan virulenta, que produjo un sonido seco y aterrador. El golpe me dejó aún más aturdido. Sentí que si no moría ahogado por mi propio vómito, como Jimi Hendrix, quizá me ahogaría pero en el lago. Me asusté por si se hubiese partido el casco: una entrada de agua allí hubiese sido lo peor. Seth aminoró la marcha y paró para comprobar junto con Darren los posibles daños estructurales. El bote seguía a flote y todos estábamos enteros y compuestos, salvo mi cara que era como la de un pálido zombi implosionado. Ni hablar podía. Hice un gesto de ‘ok‘ levantando el pulgar como pude, y tras unos breves minutos a la zozobra del oleaje, Darren encendió de nuevo el motor y continuamos rumbo a ese lugar desconocido, del que ya solo quería pisar tierra firme.
una mala ola nos envistió frontalmente y de manera tan virulenta, que produjo un sonido seco y aterrador.
Y como no hay dos sin tres, ni tres sin cuatro, al poco tiempo de reanudar la marcha, un nuevo suceso nos aconteció. Fue tan inesperado como perturbador. Una nueva confabulación de la madre naturaleza para sacarme, quizá, del embriagado estado por el que pasaba. Resulta que una estremecedora nube negra apareció por nuestro flanco derecho. Al parecer coincidimos con su trayectoria y lo único que podíamos hacer era avanzar y pasarla cuanto antes. La inmensa cortina del aguacero ya descargaba sobre el bosque que teníamos a nuestra derecha y las primeras gotas nos avisaban de lo que se nos venía encima. Su llegada fue fulminante y solo en cuestión de segundos sentí como si el mismo cielo se desplomase ante nosotros. El ruido de la lluvia chocando de forma violenta contra el lago y la embarcación era sublime a cualquier otro. El yate empezó a llenarse de agua y todos con sus capuchas y toallas corrieron a refugiarse bajo el pequeño toldo que más bien era ya ducha. Me quise cubrir con la mochila pero solo sirvió para echarme más agua, así que me parapeté contra el cristal del asiento del copiloto y lo usé como ‘cortavientos‘ y ‘cortalluvias‘, si se me permite la expresión. Darren se ajustó la gorra y le metió caña al asunto. La velocidad que de nuevo cogimos era máxima, suprema, ‘de turbo‘, y la sensación de impacto, aún mayor. Cuanto antes saliésemos de aquella zona endiablada, antes podríamos contarlo. Y en lo personal, si algo me sirvió todo aquello, fue para espabilarme y pasar del modo ‘zombi implosivo‘ a ‘moribundo y convaleciente’.
así que me parapeté contra el cristal del asiento del copiloto y lo usé como ‘cortavientos‘ y ‘cortalluvias‘,

En cuanto pasamos la terrible amenaza (ver vídeo 4), en el horizonte empezaron a abrirse ciertos claros por donde el sol, de manera tímida, comenzaba a manifestarse. Decenas de embarcaciones iban también en nuestra misma dirección. Pasaron barcas modestas, yates más grandes, más pequeños y hasta unas lanchas motoras de superlujo, valoradas en millones de dólares y equivalentes a lo que hoy en día serían los Fórmula 1. Aquello sí que rugía. A modo de broma, Darren señaló la estela de una mientras pasaba y decía con su dedo: –One gallon! two gallons! three gallons!…– (¡Un galón!, ¡dos galones!, ¡tres galones!…), para mofarse de la ingente cantidad de combustible que debía gastar aquel bicho. Sin embargo, una nueva lección se aposentó sobre mi intelecto, y es que de cada vez menos me empezó a llamar ese tipo de ampulosidad y exhibicionismo; al contrario, sirvió para ratificarme aún más en mis modestas convicciones del gusto por lo simple y lo ameno, lo sencillo y natural. De este modo, empecé a inclinarme más por el agradecimiento y otro tipo de valores, más adecuados y convenientes hacia nuestra estirpe, tales como la paz, la amistad, la humildad, la generosidad, y en definitiva, todo lo que ayude a la consecución de una convivencia pacífica, armónica y amorosa, tanto con el planeta como con la raza de la que hoy en día formamos parte.
una nueva lección se aposentó sobre mi intelecto, y es que de cada vez menos me empezó a llamar ese tipo de ampulosidad y exhibicionismo; al contrario, sirvió para ratificarme aún más en mis modestas convicciones del gusto por lo simple y lo ameno, lo sencillo y natural.
La tremenda travesía, que fue más bien de película, llena de anécdotas y sorpresas, llegaba a su fin. El sol nos daba, ahora sí, su cálida bienvenida, como si por la superación de la difícil fase de un videojuego se hubiese tratado. Darren aminoró la marcha en cuanto empezamos a toparnos con un número mayor de embarcaciones que ya iban a nuestra misma par, velocidad y dirección.
como si por la superación de la difícil fase de un videojuego se hubiese tratado.
En línea recta y como a una milla náutica de distancia (unos dos kilómetros), comencé a otear lo que parecía nuestro ansiado destino: una macroconcentración de yates y barcazas que se estaban dando cita en una de las calas del lago. Algo se cocía allí, ¿una macrofiesta?, ¿sobre el agua? En esto que Seth, se giró y con cara efusiva me dijo: –Ei buddy! Are you ready?!– (¡Ei amigo! ¿Estás preparado?!).
–Ei buddy! Are you ready?!– (¡Ei amigo! ¿Estás preparado?!).
– Próxima entrega, sábado 27 de abril de 2024. Crónica 16. ‘En el agua’: Fiesta en el lago
Comentarios (5)
Fénix Carmona
Me acuesto empapado después de leerlo. Voy a taparme bien que no quiero resfriarme. ¡Esperando la próxima!
Nacho Peña
¡¡¡¡Vaya tela!!!!😀
Jorge Duro
¿Tela? Los mareos en un barco son de lo peor sí, y si ya le sumamos un par de cervezas, tenemos al Vesubio en erupción. Jajaja.
Jorge Duro
Yo, escribiéndolo, casi cojo una pulmonía. ¡Preparando la próxima!
Webmaster
Bien Jorge. Que tienes que despedirte muy arriba.