Crónica
14. 'En el agua': La gallina se implica, el cerdo se compromete
Por Jorge Duro · 24 de marzo de 2024

- Entrada anterior: Crónica 13. ‘En el agua’: Just in case
Nada más entrar en aquella casa, me topé con un amplio salón y su cocina. Era un espacio bastante alargado y acogedor. Di con el salón y conmigo los dos hermosos perros que allí dentro vigilaban sigilosa y atentamente. A Douglas, el pastor alemán negro de Seth ya lo conocía. Lo mejor es que él me conocía también. Hice un nuevo amigo, Monty, un precioso labrador de color chocolate que no tardó en regalarme su incondicional amistad. Era el perro de Darren y era el hogar de Darren, por lo que el animal, digamos, ‘jugaba en casa’.
hice un nuevo amigo, Monty, un precioso labrador de color chocolate que no tardó en regalarme su incondicional amistad.
Me descalcé y dejé mis zapatos junto a los de los demás, justo en la entrada. Dejé la mochila bajo la barra de la cocina y me fui directo a descansar. Dos inmensos sofás dispuestos en forma de ‘ele’ me esperaban como dos grandes brazos abiertos. Lo mejor fueron las mantas que allí encontré. Eran de un pelo finísimo y ultrasuave, azules, con estrellas blancas y un gran logo de la United States Air Force (USAF), las Fuerzas Aéreas norteamericanas. Al parecer era material militar puesto que Darren había servido como soldado allí; al igual que Seth, solo que él sirvió en la United States Navy (USN), la Marina de Guerra de Estados Unidos. Algo bastante normal aquí entre los jóvenes, alistarse supone para muchos la financiación de tu carrera universitaria, incluso el ingreso de una sustancial suma de dinero. Dejando las armas y volviendo a las mantas, os puedo asegurar que unas tan ligeras, calientes y confortables como aquellas, no recuerdo haberlas probado en la vida, jamás. También puede ser que las cogiera con demasiado gusto, y si ya de por sí eran buenas, yo las convertí en increíblemente fabulosas. De este modo, auguraba un descanso más que reparador y regenerativo, si acaso hasta transformacional, pues me sentía en pleno bosque, en contacto con la silente naturaleza, como segundos más tarde pude comprobar.
Nada más apagarse las luces y recostarme sobre uno de los sofás, me eché la manta al cuello y vi cómo dos siluetas se subían en el sofá de al lado. Y no piense aquí el lector más pícaro que fueron los cuerpos de Alyssa y Hunter buscando mi gentil compañía nocturna, no, sobre sueños ya tuve bastante, horas antes en aquel coche que me trajo hasta allí (léase la crónica 13. ‘En el agua’: Just in case). Eran los dos canes, que ya me habían aceptado como parte de la manada y allí que me sentía yo como otro verdadero can, su primo perruno, en adopción exprés. De hecho, parecíamos la Patrulla canina roncando, sobre todo ellos, que hasta parecía que iban a ritmo y todo. Hasta se me ocurrió hacer un beat con semejantes sonidos. Y de este modo, sintiéndome tan acompañado como protegido, observé que la graciosa y simpática cara del labrador se posicionó justo frente a la mía, como si tuviera anhelo de cercanía. Pero claro, esa es mi lectura. A lo mejor, era yo el que le había arrebatado su sitio en el sofá. El caso es que sus presencias, como vuelvo a repetir, hicieron de mi descanso una velada algo musical, aunque más que agradable. Me sentí como en plena sintonía con aquellos preciosos animales, y sobre todo con Monty, con el que se me despertó un especial vínculo de amistad. Solo con la mirada, ya nos entendíamos. Fueron unos momentos de comunicación indescriptibles, pues lo que llegué a sentir en aquel lugar y justo con aquel animal, fue tan intenso como especial.
parecíamos la Patrulla canina roncando.

Desearía haber dormido mucho más, pero los movimientos de Seth a las 8 de la mañana terminaron por desvelarme. –Come on Jorge, you have to help me-, (Vamos Jorge, tienes que ayudarme). Al menos había dormido, mis músculos y huesos habían reposado, y mi mente se había relajado. Me levanté y lo primero que sentí fue un hambre tan atroz y caníbal, que casi ni podía pensar.
Nos subimos en la camioneta de Darren y por primera vez, con la temprana luz de la mañana pude comprobar dónde realmente estaba: en un frondoso bosque. Los árboles eran altísimos y solo se escuchaban los gorjeos de los pájaros y el aire del viento meciendo las ramas. Era una sensación tan sumamente tranquilizadora, que me invitaba a bajarme allí mismo y sumergirme entre toda aquella desbordante naturaleza. Sin embargo, mi deseo primario era el de echarme un café lo antes posible y a poder ser con alguna pastita que lo acompañase.
Era una sensación tan sumamente tranquilizadora, que me invitaba a bajarme allí mismo y sumergirme entre toda aquella desbordante naturaleza.
Dejamos el camino de tierra y nos incorporarnos a la carretera comarcal. Mis ojos se abrieron como platos al ver hincada, en mitad del pleno campo una grandísima cruz blanca. Mediría unos 50 metros de alto por unos 30 de ancho. Seth me comentó que el fervor religioso que campaba por el sur de Kentucky era tan fuerte como antiguo, y que era algo muy normal ver este tipo de símbolos por puentes, establos, incluso en los pueblos, donde lo que más había era iglesias, que si protestantes, católicas, presbiterianas, ortodoxas. Lo que hace falta es ser más buena persona y no tanta apariencia y publicidad religiosa, le dije en un arrebato de sinceridad. A lo que él asintió con la cabeza.
Lo que hace falta es ser más buena persona
y no tanta apariencia y publicidad religiosa,
De camino al lugar donde engancharíamos el mencionado remolque, paramos en una gasolinera para repostar nuestros famélicos cuerpos. Aquí debo advertir al lector que traicioné mis propios ideales de no comer nada de carne, pues aunque mis motivos de peso tengo y no vienen ahora aquí al caso contarlos, sí que les dedicaré un artículo especial en un nuevo aparte (léase el Aparte 1: ‘Una parada en el camino…’). De este modo, al entrar, Seth se aproximó hasta una de las esquinas del inmenso mostrador, donde un hombre de rasgos hindúes servía conos de cartón llenos de crujientes y mutiladas alitas y muslitos de pollo (a saber las condiciones en las que vivieron esas pobres aves, cómo fueron alimentadas, tratadas, y hasta las viles formas en como fueron asesinadas).
(a saber las condiciones en las que vivieron esas pobres aves, cómo fueron alimentadas, tratadas, y hasta las viles formas en como fueron asesinadas)
Su conquistador olor engatusaron demasiado rápido mis fosas nasales, y aunque mi mente decía no, mi otro cerebro, el de mi estómago, decía sí, sí a la rebelión, y se me sublevó de tal forma que todo mi yo se encontró de repente, sumido y subyugado a las órdenes de sus hambrientos neurotransmisores. Yo no quería, pero en cuanto Seth me preguntó –Do you wanna– (¿Quieres?), hasta mi voz se vio ultrajada y arrastrada por el subordinante mandato de un otro yo, que aunque tímido, dijo: -Yes- (Sí). Acto seguido, el hindú me hizo entrega de uno de aquellos conos de la discordia y de la maldita tentación. Luego nos llenamos un café, pagamos y salimos del recinto. Antes de que hubiese subido a la ranchera, mi poseída mano ya había cogido una de aquellas sensibles y amputados miembros, y se lo introdujo con algo de reparo en mi boca. Mis dientes comenzaron a cortarla, desgarrarla y triturarla como si no hubiese un mañana, y de pronto, no sé si por las horas de hambruna que llevaba, o la traición a la que yo mismo me exponía, un intenso picor empezó a extenderse por todo el velo de mi paladar. Me molestaba tanto que me hacía imposible degustar aquel olvidado, exquisito y atroz sabor. El sabor de la barbarie humana del que yo era partícipe indirecto en aquel justo momento. En seguida bebí café para amortiguar el golpe de la picazón, pero mi poseído paladar quería más de aquello, y solo mis ojos, testigos de la blasfemia, ayudaban a mis dedos a buscar una nueva presa: ¿una alita?, ¿una patita? Cuando me acabé el cono, deseé seguir con algo más, pero solo me dejé engañar por el contenido del café que aún me quedaba. Nada encontré de vegano o vegetariano, ni siquiera un mísero sandwich vegetal con su lechuga, huevo, queso y por favor, nada de carne, pues como me dijo un amigo: «la gallina se implica (con su huevo), y el cerdo se compromete (con su carne)». Y es que estaba en la región del pollo y de la maldita fast food (comida rápida). Costumbres insanas de esta insensible sociedad.
y aunque mi mente decía no, mi otro cerebro, el de mi estómago, decía sí, sí a la rebelión, y se me sublevó de tal forma que todo mi yo se encontró de repente, sumido y subyugado a las órdenes de sus hambrientos neurotransmisores.
Nos pusimos de nuevo en marcha y en cuestión de minutos llegamos como a una gran construcción de madera llena de puertas de cocheras. Seth tardó en encontrar el candado correcto pues todas eran casi iguales y los números, desvencijados por la erosión del tiempo eran como una visual metáfora de su olvidada memoria. –The eighth? The ninth?– (¿La octava? ¿La novena?), repetía. Hasta que al fin, ¡click!, el candado de la número 10 se abrió. Las bisagras de las puertas chirriaron como si nunca se hubiesen abierto, y ¿qué es lo que vieron mis ojos?. Pues que el mencionado remolque no era sino un hermoso yate blanco de unos doce metros de eslora por unos cuatro de manga, con su toldo y todo. ¿Mi función? guiar la maniobra que Seth debía realizar con la ranchera para que la bola de enganche del remolque quedara justo en el punto exacto de unión con el otro soporte sobre el que caería el peso de la embarcación. Para él solo, hubiese sido, evidentemente, una tarea de minuciosa ‘labor de chinos’, con todo mi respeto hacia los chinos.
La operación salió casi a la primera y ya de regreso, temía que en las curvas el enganche del barco se soltase y el bote saliese disparado hacia uno de los costados, estrellándose con lo que por allí encontrase, o que al cruzarnos con otro coche, o con otro vehículo y su embarcación, ambas se rozasen y ¡zas!. Pero no, fue solo mi sensación, pues la destreza y el tiento de Seth, me demostró ser un conductor de primera.
Llegamos de nuevo a la casa de Darren, donde toda la pandilla de amigos esperaba en su interior realizando los preparativos para iniciar el descenso hacia el famoso lago. Hubo un momento de tertulia muy interesante, con risas y chistes que yo a veces pillaba y otras veces no, pero solo de ver la forma en que los demás reían, superaba al mismo chiste en sí y me hacía reír más. Por ejemplo, Seth, que con su extensa barba de meses al viento, se carcajeaba como un viejo Papa Noel. Era todo un chiste verlo y escucharlo reír.
Por ejemplo, Seth, que con su extensa barba de meses al viento, se carcajeaba como un viejo Papa Noel. Era todo un chiste verlo y escucharlo reír.
Lo más anecdótico de aquel momento fue cuando el mismo Darren sacó unas bombonas de helio y unas bolsas de globos. –Don’t you want to laugh? Well, come on, is the first?– (¿No queréis reír? Pues venga, ¿quién es el primero?)-. Madre mía, lo que vino a continuación. Empezaron a llenar globos y de forma individual cada uno recibió el suyo. Seth inició el juego aspirando todo su contenido, segundos más tarde comenzó a chapurrear en un tono más grave que agudo, hasta diría aterrador, como de ultratumba: –Ladies and gentlemen, welcome to this partyyyyyy!– (Damas y caballeros, ¡bienvenidos a esta fiestaaaa!).
Seth inició el juego aspirando todo su contenido, segundos más tarde comenzó a chapurrear en un tono más grave que agudo, hasta diría aterrador,
como de ultratumba: –Ladies and gentlemen, welcome to this partyyyyyy!–
El amenazante tono de su voz, mezclado con lo irrisorio de aquel efecto, fue más que suficiente para provocar el estallido de los primeros ataques de risa en el grupo, que tan rápido como un bostezo se contagió por todo el salón. Luego le siguió Katelyn, la novia de Seth, así que imaginaos el efecto en su dulce voz femenina. Las carcajadas iban en aumento y entre los siete amigos ni os digo ya. Cada uno deseoso de escuchar su particular efecto aguardaba ansioso el turno, pero es que junto al mensaje que su distorsionada voz emitiría, provocaba en aquel caldeado ambiente una máxima expectación. Las voces y a su vez las risas que producía el curioso gas pasaron de graciosas a desternillantes, absurdas, insultantemente ridículas. La mofa colectiva fue superlativa y en crescendo cuando la misma Katelyn comenzó a partirse el pecho del sonido que emitía su propia y grotesca risa: -Jo, jo, jo, joooo-, retumbaba por todo el salón. Parecíamos una comitiva de horrendos orcos, enviada por el mismísimo mago blanco Saruman, en su envite contra los elfos de El señor de los anillos. Luego vendría el turno de las chicas, Alyssa y Hunter; el de Darren, el de su novia Sheila y conmigo fue ya el colmo. No se me ocurrió otra cosa que decirles, en un francés más extravagante que sensual: –Voulez-vous coucher avec moi? Oh pleaseee! (¿Quieres dormir conmigo esta noche? ¡Oh, por favooor!), que no sé si todos entendieron, pero más de uno y de una me observó con cara de sorpresa y éxtasis. No recuerdo bien a quién miré mientras lo decía, pero seguro que alguno o alguna se dio por aludido o aludida. ¡Madre mía qué vergūenza! ¡Qué agradable vegūenza!
Parecíamos una comitiva de horrendos orcos, enviada por el mismísimo mago blanco Saruman, en su envite contra los elfos de El señor de los anillos.
No paramos de reír y reír. Repito: de reír y reír, y yo en especial. De hecho, fue tal el esfuerzo que hasta las mismas carrilleras de mi cara, por no hablar de mi abdomen, comenzaron a dolerme tanto que ni el dolor ya sentía. Cuanto más me dolían, más me reía. Las agujetas posteriores fueron de escándalo, aunque con mucho orgullo las porté.
Y ya estábamos más que listos para iniciar la bajada a las aguas de aquel misterioso lago, donde algunas casas y alguna que otra iglesia, aún yacen en el fondo submarino de sus aguas, donde una extraña sorpresa nos sucedió tanto a la ida como a la vuelta.
una extraña sorpresa nos sucedió tanto a la ida como a la vuelta.
– Continuará el próximo domingo 14 de abril…
Crónica 15 ‘En el agua’: ¡Bienvenidos a bordo!
Comentarios (6)
Virtu
Nadie puede dudar que disfrutaste de lo lindo. Instantes así hacen que merezca la pena reunirse con amigos, y con perros, dicho sea de paso. No me extraña que Monty te observara con tanta atención, sin duda okupaste su cama ja ja ja En cuanto a las alitas ¿Quién es capaz de resistirse a ellas? Yo no, desde luego, sobre todo si va acompañado tan suculento yantar con una rubia cerveza, nacional o extranjera, que en eso no hago distingos. Un festín de risas, que eso también viene muy bien. Y no te flageles con esa debilidad, hombre, que las alitas son un bocado exquisito. Tu estómago decidió por ti, eres inocente. Como siempre, gracias por compartir tan gratas experiencias, de la manera que lo haces, lo disfruto como si estuviese allí, mismamente. Un abrazo.
Jorge Duro
Exquisito comentario el que me vuelves a dejar por aquí Virtu. Te condecoras como una de mis mejores lectorasm seguidoras y comentaristas. Yo como siempre, seguiré al servicio del lector y de mi propia impronta. La continuación a esta crónica será estará llena de sorpresas y nuevas risas. Que no se la pierda nadie. Un abrazo lector, Virtu.
Desi
¡¡Qué súper aventura Jorge!! Y qué bonita…, toda una súper experiencia que te hace transportarte y visualizar todo aquello al detalle… Lo único que me inquieta son las horas que llevabas sin comer… Madre mía qué agonía… Ayuno constante diría yo… 😅😅😅😅 En fin maestro, eres grande en la pequeña escritura… ¡Esperando la próxima! ♥️♥️♥️♥️
Jorge Duro
Solo intento transmitir lo mejor posible el cúmulo de vivencias que allí tuve, durante aquel fin de semana de septiembre de 2023. Te avanzo que para el 14 de junio de este 2024 ya hay preparada otra visita, con la patrulla canina, al lago Cumberland. La cosa promete…
Jose
Me ha encantado leer sobre tu viaje al bosque. La descripción del paisaje y la casa me ha parecido tan evocadora. Me puedo imaginar la tranquilidad del bosque y la belleza del lago. ¡¡¡Qué envidia!!! Me he partido de risa imaginando las voces distorsionadas. ¡Gracias Jorge!
Jorge Duro
Todo era tan evocador que corto me quedo siempre en mis descripciones. La tranquilidad del bosque es que hasta te hablaba con su silencio, con su especial musicalidad. De envidia, nada, la naturaleza es tan grande como diferente y atractiva a cualquier lugar en que la que se halle. Solo hemos de encontrarla. Respecto a las risas, solo las agujetas que poco después aparecieron en mi cara y abdominales, fueron el recuerdo que aquellas voces tan extrañas como mágicas, dejaron para siempre en mi recuerdo. PD: ¡¡El 14 de junio, de nuevo fiesta en el lago!!