Crónica
8. 'En el aire': de Menorca a Cincinnati
Por Jorge Duro · 23 de diciembre de 2023

Menorca – Granada – Barcelona – Chicago – Cincinnati
Parecía que nunca llegaría el momento de partir y vaya que si llegó y además por partida doble. De este modo, si el 29 de julio dejaba mi vida en Menorca para pasar brevemente por Granada y despedirme de mis padres; el 2 de agosto dejaba un continente para emprender la vida en otro. ‘Casi ná‘, como decimos en ‘Graná’.
Desde el mismo suelo granadino empezó la aventura americana. Solo esperaba que la jornada que tenía por delante no se trocase en una nueva «Odisea», donde los barcos y sirenas ahora serían aviones y policías, aeropuertos y esperas, aduanas y algún que otro sobresalto. Sin embargo, iba muy tranquilo. Con que el vuelo de Granada saliese sin retraso, todas las fichas caerían una tras otra a modo de «jenga». Digamos que si había un buen comienzo debía haber un buen final, pero en Cincinnati por favor.
si había un buen comienzo debía haber un buen final
El avión hacia Barcelona salía en hora y en hora aterrizaba en El Prat. Mochila al hombro y maletas en mano me dirigí hacia la salida del aeropuerto. Allí había quedado con un tal Álvaro para cambiarle unos euros a dólares. A este chico lo conocí justo durante las vacaciones de verano en una playa de Menorca. Él junto a su novia ya habían regresado tras pasar dos años en el estado de Rhode Island. Dio la casualidad que se trajo algo de cash americano, por tanto, la casualidad dio con el contacto perfecto para obtener la nueva divisa. No quería pasar por la sangrante comisión de los bancos ni el de las oficinas de cambio, ubicadas en las mismas terminales del aeropuerto. De esta guisa, ambos hacíamos un win-win: él recuperaba sus euros y yo conseguía unos dólares. «Por un puñado de dólares» podría haberse titulado la escena. Le cambié el dólar a 0’91 euros, tal como estaba a ese día; aunque ya había empezado a subir y creo que debido en parte a los beneficios de las insensatas guerras como la de Rusia y Ucrania. Tomamos un café y el muchacho me acompañó hasta el mostrador de facturación de la compañía United. Allí mismo nos despedimos. En la misma cola recuerdo coincidir con un numeroso equipo de chicos españoles que al parecer por sus comentarios y vestimentas se dedicaban al mantenimiento de coches de carreras. Todos íbamos para Chicago y de allí tomaría otro vuelo para Cincinnati. Era la primera vez que pondría mis papeles a prueba. Las azafatas de tierra comprobaron que tanto mi visado como el documento DS-2019 estaban en orden, por lo que obtuve las tarjetas de embarque y me dirigí hacia el control de seguridad. Después de aquello acabé en un ascensor y aparecí en todo lo alto de la terminal. Era como el palco del aeropuerto, solo que me sentía como en la cima de una lanzadera espacial con destino a otro planeta y nunca mejor dicho.


En el momento en que puse el pie en el gran Boeing 737 comencé a sentirme desvinculado de mi anterior realidad: todo eran caras extranjeras, todos hablando en inglés, nadie alzaba la voz y todo cambiaba a una velocidad de vértigo. Me impresionaron los asientos de primera clase: butacas espaciosas y reclinadas como tumbonas separadas del resto, con una gran televisión individual, su buen reposabrazos, su lamparita de mesa y su buena manta con almohada. Parecían pequeña suites de hotel. Solo les faltaba su buena revista de crucigramas y sudokus -cavilé-. Todo en su conjunto ofrecía las condiciones óptimas para un vuelo de nueve horas, aunque cualquiera pagaba la diferencia.
en el gran Boeing 737 comencé a sentirme desvinculado de mi anterior realidad: todo eran caras extranjeras, todos hablando en inglés, nadie alzaba la voz, todo cambiaba a una velocidad de vértigo.




El vuelo se me hizo ameno. Dormí poco pues rápido quedé encandilado por la magia de uno de los reportajes más bellos que jamás haya visto. Hablo del sublime Ennio Morricone y de su documental «Ennio El Maestro». Con él volví a comprender la vital aportación que la música confiere al cine. De hecho es un lenguaje que comunica tanto o más me atrevería a decir, que las mismas palabras. Sin sus innovadores intros de harmónica, flauta, trompeta, piano con voces de sopranos y demás arreglos, el cine nunca hubiese llegado a ser lo mismo. Quién no reconoce al instante ese inconfundible boing, bing, boing de «Por un puñado de dólares», obra sublime del Spaguetti Western, por no seguir hablando de la larguísima lista de todas sus demás bandas sonoras y piezas musicales.
Despegamos puntualmente de Barcelona a las 15:00 del mediodía para aterrizar en Chicago a las 18:00 de la tarde, hora estadounidense. Parecía como si hubiésemos viajado en el tiempo y hacia atrás: en mi reloj solo habían pasado tres horas cuando en mi cuerpo habían sido nueve. Seguía siendo de día. Comencé a sentirme extraño y desincronizado, desubicado en un nuevo espacio y tiempo que ahora comenzaban a ser mis nuevas coordenadas, mi nueva realidad.



Dormí poco pues rápido quedé encandilado por la magia de uno de los reportajes más bellos que jamás haya visto. Hablo del sublime Ennio Morricone y de su documental «Ennio El Maestro».
En la foto de abajo: llegando a Chicago a las 23:58 hora peninsular cuando aquí, en Estados Unidos, volvía a ser de día. El color amarillo no era polución sino el tinte de la transoceánica ventanilla del avión.

En la aduana del aeropuerto de Chicago empezó el show: tuve el primer desencuentro con una agente de policía rubia cuya cara no era muy amistosa, más bien parecía la típica sargento. Comenzó a realizarme preguntas quisquillosas como que a qué venía, el porqué y otros caprichos suyos. Yo, entre los nervios de la situación, su acento americano, el obstáculo de la mampara de metacrilato que no hacía sino camuflar aún más sus palabras y encima mi cabeza que iba medio ‘drogui’ del viaje, no ayudaban en nada a que atinara a descifrar sus réplicas verbales con mis cada vez más desacertadas respuestas. Ya me veías a allí encendido como un farolillo rojo con ojillos de «déjeme pasar señorita que lo traigo todo en regla y encima vengo a enseñaros español». Al final paró su verborrea y pude continuar. Todo me pareció un mero juego de preguntas para abrumarme aún más y detectar no sé qué cosa.
Sin embargo, la ristra de espantos y soponcios no había hecho más que empezar. Aquello ya empezaba a parecerse a la entrega de un nuevo videojuego: «Sobrevive al aeropuerto». Todo porque el siguiente reto solo distaba a unos veinte metros de mi anterior lance. Y era otro policía pero esta vez tan grande como un armario. Gritaba a todo el mundo algo que no llegaba entender bien y que sin embargo, yo ya portaba en la mano. Pues nada, que continué caminando hacia él como si la cosa no fuera conmigo y de repente, sus gritos sí que se dirigían hacia mí. En ese momento, que aún ni me había recuperado de lo anterior, empecé a notar cómo el corazón subía hasta mi garganta y ya me veía hasta saliendo en uno de esos famosos capítulos de registros aduaneros donde te llevan a una habitación y te inspeccionan hasta la marca de ropa interior. Menos mal que me señaló hacia la mano en la que portaba el formulario que te dan al bajar del avión, donde te comprometes a no atentar ni a llevar a cabo ninguna actividad delictiva e ilegal. Se lo di y continué. -Venga, un policía menos-, pensé. Ya ni me quedaba saliva que tragar.
ya me veía hasta saliendo en uno de esos famosos capítulos de registros aduaneros
Y como no hay dos sin tres, ni tres sin cuatro, pasó que a unos cincuenta metros más adelante vi una gran cola de gente y allí que me puse yo. Error, pues debía haber seguido caminando hacia la Terminal 1. Pero claro, en el aquel momento yo qué sabía. Empezaba a sentirme un poco entre Alfredo Landa y Paco Martínez Soria con mi maleta de diez kilos y la mochila al hombro. Solo me faltaba la boina y el ‘bocaíllo chorizo’ envuelto en papel de periódico bajo el brazo. Al poco de situarme en la susodicha cola una operadora de tierra de rasgos afroamericanos se aproximó a mí pidiendo las tarjetas de embarque y tras mostrárselas me dijo que volviera sobre mis pasos porque no había hecho el pick up, es decir, la recogida de mi equipaje. Yo no entendía porqué la compañía no se encargaba de hacerlo si aquello era solo una escala. Mi estado de confusión y enojo empezaban a ser taquicárdicos. Pero para taquicardia la que cogí cuando me envió de nuevo a visitar a mi amigo, el ‘policía tan grande como un armario’, a preguntarle si me dejaba recuperar mi maleta de 25 kilos. La situación era ya rocambolesca, esperpéntica, daliniana. Mi cabeza estaba a nada de cortocircuitar. Fui a verlo como el que va a quitar un avispero. Solo mis piernas tiraban de mí. Encima para avanzar tenía que ir a contracorriente de centenares de pasajeros que iba encontrando por donde minutos antes yo mismo había venido. Sorteándolos como pude conseguí llegar hasta el señor agente y al verme de nuevo su entrecejo se estrechó aun más provocándole una nueva arruga que jamás antes había visto: ya me veía en los calabozos pero por ‘pardillo’. Al parecer este tipo supervisaba la zona donde los viajeros recogían sus maletas y evidentemente no me dejó pasar. Empecé a sentir complejo de peonza, de bola de pinball y de nuevo regresé para hablar con la operadora afroamericana. Ya no entendía nada. Ella fotografió mis resguardos de las maletas y esta vez sí que me envió a la planta de arriba a coger un pequeño tren que me llevaría hasta la Terminal 1 de donde saldría mi siguiente vuelo. Durante el corto trayecto que duró la travesía en aquel minitren, fui casi con el corazón latiéndome en la mano y pensando qué tipo de suerte habría podido tener mi pobre maleta, que encima era de mi madre y me preguntaba hasta si volvería a verla. Intenté poner en práctica el autocontrol de la mente y con ayuda de la respiración me dije: -todo va a salir bien George, todo va a salir-.
Empezaba a sentirme un poco entre Alfredo Landa y Paco Martínez Soria con mi maleta de diez kilos y la mochila al hombro. Solo me faltaba la boina y el ‘bocaíllo chorizo’ envuelto en papel de periódico bajo el brazo.
Nada más salir del vagón y bajar por unas escaleras automáticas hacia los puestos de control de la T1, casi me caigo rodando escalones abajo y todo porque un niño pelirrojo me empujó ‘sin querer’ desde atrás al intentar buscar más espacio entre él y su maletita de Spiderman. Menos mal que su fuerza solo me hizo inclinarme un poco hacia adelante, pero a punto estuve de perder el equilibrio, caer hacia adelante y provocar un efecto de dominó con la gente rodando en avalancha y escaleras abajo. La que se hubiese liado madre mía. Qué susto.
a punto estuve de perder el equilibrio, caer hacia adelante y provocar un efecto de dominó con la gente rodando en avalancha y escaleras abajo.
Al llegar sano y salvo a la nueva planta de la T1 pregunté enseguida a un nuevo operador de tierra, creo que por sus rasgos era indio, si debía recoger mi maleta en algún lugar. Le mostré mis tarjetas de embarque y me dijo que no era necesario ya que la compañía se encargaba de ello. En ese momento yo era el tío más feliz del aeropuerto y en consecuencia casi lo lleno de besos al pobre muchacho. ¡Era algo totalmente lógico no recoger las maletas! Quizá la anterior operadora se confundió y me la lió. O yo no la entendí y la lié. El caso es que toda aquella media hora de infarto mental, que viví como horas de internamiento aeroportuario, había sido totalmente en vano creada por los nervios y en parte por mi oxidado nivel de inglés.
era el tío más feliz del aeropuerto y en consecuencia casi lo lleno de besos al pobre muchacho.
Estaba loquito por llegar a la zona de embarque y desplomarme en una de las butacas para al fin descansar, aunque solo fuera un poco, después de todo el trajín. Solo debía estar al tanto de no dormirme y esperar a la salida del siguiente y último vuelo. Esta nueva sala con cafetería incluida estaba bastante tranquila y apartada del bullicio y tránsito de los demás pasajeros, por lo que una inmensa sensación de paz y bienestar comenzó a invadirme lentamente. Ya casi había llegado, solo estaba a un avión de mi destino final. Sin embargo, el cansancio de aquel largo día comenzaba a pasarme factura. Así que saqué un cuaderno de mi mochila y comencé a escribir el resumen de aquella sinuosa jornada que estaba a punto de concluir. Ni me lo creía, vamos. Mientras redactaba mis ojos luchaban entre no perder la atención de lo que allí plasmaba y por mantener los párpados bien abiertos.
Solo estaba a un avión de mi destino final.

Pantalla final de lo que se convirtió todo en un peliagudo videojuego: «Sobrevive al aeropuerto».
El vuelo hacia Cincinnati salió puntual, a las 21:35 de la noche y llegamos casi a las 00:00. En el interior de la aeronave recuerdo que hacía bastante frío e iba casi vacía. Menos mal que guardé la manta que me dieron en el anterior vuelo y más o menos pude dormir algo. De lo único que tenía ganas era de llegar.
Sin embargo, no podía tener mejor recibimiento que vivir el último gran sobresalto del día, o de la noche ya. Esta vez no eran policías con los que me toparía no. Simplemente lo que no encontraba era un vehículo que me sacara del aeropuerto y me llevara al hotel en Newport. Autobuses ya no había, taxis tampoco. La única forma era realizar una reserva en el servicio de taxis privados Uber mediante la aplicación de móvil. Pero he aquí la gracia y es que al tener un número español sin servicio roaming no tenía acceso a Internet, por lo que no podía descargar la aplicación y menos registrarme para solicitar el envío de un Uber. Al mismo tiempo solicité ayuda en el puesto de información y ni pudieron darme la wifi del aeropuerto. Me dijeron que fuera directamente a la estación de taxis Uber y probara suerte, pero yo estaba casi seguro que sin solicitar previamente una reserva ninguno querría llevarme. Nunca había usado este servicio. -¡Por todos los cielos, viva la tecnología!- exclamé para mis adentros. Me sentía tan solo y olvidado en ese momento que me sentía como aquel Tom Hanks en la película «La terminal».
Algunos profesores con los que había contactado antes de venir no pudieron recogerme por la hora tan tardía que era. ¿Dónde estaba la empatía? Si es que hasta el departamento de educación de Kentucky podía haberme enviado un coche oficial y hasta con alfombra roja. ¡Encima que venía a ayudarles con el español! Se notaba que estaba cansado, hambriento y somnoliento, los tres ingredientes básicos para estallar en fuegos artificiales. Sin embargo, la emoción de haber llegado sano y salvo después de todo lo vivido me ayudó a no exasperar y a guardar la compostura. Que ¿cómo se solucionó la cosa? Porque las cosas siempre acaban arreglándose ¿verdad?, hacia un lado o hacia el otro. Pues nuevamente saqué energía de donde no la había y tirando de mis pesadas maletas fui al exterior hasta la parada de ubers. Al salir solo encontré dos coches negros que tenían toda la pinta de ser los vehículos del mencionado servicio. Hablé con uno de los dos conductores que estaban allí estacionados y tras explicarle mi problema para registrarme en la aplicación me envió al conductor de al lado. Resultó ser un joven marroquí que amablemente aceptó llevarme al hotel sin más tapujos. Unos cuarenta dólares me costó la broma, que para la situación de la que me había sacado, se los di con más gusto que sorna. Me dejó en la misma puerta del hotel Lafayette en Newport.

Vista del hotel Lafayette al fondo, la noche que llegué.
En recepción ya tenía la reserva hecha: habitación 222, los tres patitos. Y como un pato de contento me quedé al ver la amplitud de la habitación, lo confortable que era y lo fresquito que se estaba allí dentro. Un frescor que no tardó en llevarme de la mano hacia el ansiado sueño.

– Próxima publicación (sábado 30 de diciembre de 2023): Kentukiana 3: ‘Enseñando español en un aula de kentuckiana’:
– Crónica 9 (20 de enero de 2024): ‘En tierra‘ (Parte I): Serendipias
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Comentarios (27)
Mònica
¡No nos dejes en vilo! No sé si podré esperar tanto para ver cómo sigue el relato 😝
Jorge Duro
Hola Mònica, no puedo publicar tan de seguido para no abrumar. Además he condensado todo el viaje en una sola entrada. La siguiente entrega será una una Kentukiana, exactamente la número 3, donde hablaré de las primeras semanas dando clase. Todo un show.
Loreley
Lo único que puedo decirte, no sabes lo que me he reído, me encanta, ya quiero saber cómo sigue!! Gracias 😊
Jose
Endavant, George Hard!!! Y que Viva Zapata!!!
Isabel
¡Vaya aventura! Súper divertida… para el lector, claro… ¡Esperando la siguiente entrega!👏
Toyo Kun
Una banda sonora de Ennio Morricone quedaba perfecta para tal odisea XD
Jorge Duro
Lo veo, lo veo. Solo me falta el sombrero de cowboy. Puestos a elegir me quedo con 'El éxtasis del oro' que también la usa Metallica para abrir sus conciertos.
Jorge Duro
También me lo pasé bien viajando eh, no todo fueron sustos en el aeropuerto. Incluso esos malos ratos cuando ahora son parte ya del recuerdo, se convierten en algo grato. Han sido transcendidos =)
Jorge Duro
No hay vuelta atrás, ¡vamos! Y ¡viva, viva!
Jorge Duro
Arrancar la sonrisa del lector, eso es bueno.
Maria
Me encanta leerte. ¡Estás cumpliendo a la perfección con todas las pruebas de este scape room amigo!
Jorge Duro
Y a mí me encanta cómo has definido la excursión de esta aventura: 'scape room'. Nunca mejor dicho.
Carmen Rubio Pomareta
¡Hola! Como futura PPVV (si me cogen, claro) ¡agradezco muchísimo este blog! ¡Espero con ansia la siguiente publicación!
Jorge Duro
Te cogerán casi seguro Carmen, hay una grandísima demanda de docente de español par Estados Unidos, ahora que te toque o no en el estado que tú quieres ya es otra asunto, pero opciones de ser elegida habrá muchas. Ya me verás.
M. Eugenia
Fuiste muy valiente !!!!! yo hice 3 entrevistas en 2021 y cuando me dijeron: ¿quieres cambiar de estado? dije un NO rotundo… No sé cómo llegaste a hacer tantas entrevistas sin morir en el intento…, por cierto, me he reído muchísimo con tu momento «aeropuerto» ! deseando leer la siguiente entrada…
Isabel Bugallo
Jajajajjjjj. En serio que visto en retrospectiva resulta súper gracioso. Vaya momentos jjjjjj. Te sigo leyendo compañero! El 2024 nos dará muchas alegrías.
Jorge Duro
Aprender a reírse de uno mismo siempre ha sido virtud. Pero en el momento en que todo aquello me pasaba yo es que no salía de mi asombro, es que hasta me decía: ¿dónde está la cámara por favor? Era un sustillo detrás de otro y otro y otro… Juas! riamos ahora sí, riamos que menudo patatús me podía haber dado en el ya inolvidable aeropuerto. XD
Jorge Duro
Ya te digo, no morí en el intento pero poco me faltó. De ahí que titulara la primera serie de cuatro crónicas 'En los huesos», pues la moral se me quedó casi en eso, en huesos. No sucumbí porque llegó un momento en que ya dejé que pasara lo que tuviera que pasar: 'Flow with the flow', me decía. Aprendí a no agobiarme más por nada… LLeguê incluso a abandonar cualquier esperanza ya de irme con tal de tener la cabeza tranquila, hasta que al final me llamaron para ir justo al lado de Cincinnati y ya me dije: después de todo lo que he pasado 'de perdíos al río', y me fui. A día de hoy y en pleno Christmas Break, puedo decir que me he recuperado con creces y por ahora fue la mejor decisión que pude haber tomado: venir.
Robespierre
hindú 1. En sentido estricto significa 'del hinduismo o que profesa el hinduismo (religión predominante en la India)'
Jorge Duro
Muchas gracias por tu aportación Robespierre. Lo cambio por el término 'indio', pues tampoco sé si profesaba el hinduismo. Feliz año.
Jessika Magallanes
Muchísimas gracias Jorge por compartir tus vivencias, tus experiencias y tú magnífica manera de enfrentar los desafíos .. sobre todo tu excelente sentido de humor… Quedo atenta para seguir leyéndote.
Jorge Duro
El humor es una de las claves de toda lectura y más cuando te pasa de verdad. Gracias y un saludo inmenso para ese lindo México.
Carmen Puerta Rodríguez
¡Bueno, bueno! Estoy sin parar de sonreír con tu llegada a tierras americanas. Me encanta lo que cuentas y cómo lo cuentas.
Jorge Duro
Pues prepárate porque vienen artículos con curvas y que te pille sentada XD.
Carmen Puerta Rodríguez
Me abrocho el cinturón por lo de las curvas 😉.
Tristana Colins
Increíble narración, es muy ameno y divertido leer tus aventuras, me encanta tu blog, una seguidora nueva pendiente de cada historia nueva que compartas. Muchas gracias 🥰
Jorge Duro
Aventuras amenas y divertidas, eso es justo lo que intento transmitir Tristana. Gracias por comentar y será más que un placer leer tus futuros comentarios. ¡Venga, a por el siguiente artículo! 🥰