Kentukiana
KENTUKIANA 2: El primer día de clase
Por Jorge Duro · 2 de diciembre de 2023

Como si de un partido de fútbol se tratase digamos que acabaron endosándome un 1-2 y como local, pues el campo de juego no era otro que mi propia aula. Sin embargo, tras la última clase me quedó como una cierta sensación a victoria.
De los tres grupos que tuve aquella mañana de estreno los dos primeros (tercero y cuarto grado, de entre siete y nueve años), fueron los más guerreros. En general se trató de una semana de presentaciones donde también les pedí que hicieran gala de su dote artística y creativa como dibujantes, representando alguna escena o algo característico de su periodo estival. Hubo verdaderas obras de arte y de gran imaginativa, como la creación de Neyson que retrató un paisaje dentro del cuerpo de un pájaro que a su vez iba volando por otro paisaje. Ni un adulto lo hubiese hecho mejor.










Este sería para mí el dibujo ganador que mejor evoca ese descanso veraniego. Neyson (3rd Grade).

Los mejores dibujos fueron expuestos en la puerta de mi aula.
Cómo notaba que las vacaciones de verano aún se les seguían durando. Llegaron con alegría y sorna extrema, y se me descontrolaron en igual proporción. Tanto que al final de la segunda clase, cuando el grupo ya había salido, una leve agüilla afloró de las cuencas de mis ojos. La situación me había superado. Era el profe doblemente novato y eso para ellos significaba carne de primera.
Aguanté el tipo como pude. Notaba que el estómago me iba avisando hasta que al final sucumbí. ¿Tan fuerte había sido el shock? Al parecer sí y no se hizo esperar: justo ‘el primer día de clase‘. Enseguida fui en busca de Nick, el mentor y profesor de música que el colegio me había designado. Una increíble persona que más tarde pasó a llamarse amigo y con mayúsculas. Me desahogué con él, le decía: -No puedo Nick, yo con esto no puedo-. Supo calmarme y me reveló que justo durante el curso anterior a él le había sucedido lo mismo, que era normal que la sensibilidad aflorase de esa forma tan instintiva. Todo se me antojó tan diferente y arduo que rápido se me representó la triste radiografía de lo que podría suponer aquel curso para mí y entonces contra todo pronóstico colapsé. Nick, conocido en el colegio como Mister Dehnam, me dijo que el verbo ‘llorar‘ también estaba en los diccionarios y me sugirió maquillar mi expresión con la mueca de una nueva sonrisa. Salí de su aula convencido de que debía tomarme la última clase de otra forma, que solo había sido una mala primera parte. Así que como buen camaleón disimulé la frustración de mi cara con un poco de agua fresca y empecé a practicar la sonrisa frente al espejo. Me reía de mí mismo preguntándome: –¿y qué hago yo aquí?-. A su vez el enrojecimiento de los ojos no se me iba y el siguiente partido comenzaba en breves minutos. -Lo que daría por un botecito de colirio en este momento-, pensé fugazmente. Apunte señor entrenador: colirio para el botiquín.
una leve agüilla afloró de las cuencas de mis ojos. La situación me había superado. Era el profe doblemente novato y eso para ellos significaba carne de primera.
¿Cómo era posible que unos mocosos de tan solo siete a nueve años lograran minarme la paciencia, tanto o más a como ya lo hicieron mis queridos adolescentes de la Formación Profesional Básica en España?
Primer día, primera metralla. Entre ellos y yo noté una gran falta de entendimiento tanto idiomática, como cultural y generacional. Pero allí estaba el docente, justo para hacer milagros. Desde ese momento fui muy consciente de que el curso podría ser escabroso, donde encima el tarro de las emociones podría desbordarse en cualquier momento. Sabía que me estarían probando constantemente hasta que consiguiera ganármelos. Así sería el juego, su mantra diario. ¿Y el mío? Sobrevivir hasta el final de curso.
Sabía que me estarían probando constantemente hasta que consiguiera ganármelos. Así sería el juego, su mantra diario. ¿Y el mío? Sobrevivir hasta el final de curso.
Durante la segunda clase, con el grupo de tercer grado, fui agredido por un tal Nelson, un chaval autista que luego sorprendentemente llegó a disculparse de la forma más tierna y emotiva que jamás pude haber sentido. Al parecer a veces no era dueño de su control, aunque sí muy consciente de sus actos. Su mirada fue todo un alegato de incomprensión y tristeza.
llegó a disculparse de la forma más tierna y emotiva que jamás pude haber sentido… Su mirada fue todo un alegato de incomprensión y tristeza.
Aunque no todo fueron impactos ni goles por la escuadra. El último grupo, los de 5° grado, se me antojó como un camino de rosas. Fue como pasar de la congoja a la euforia. De hecho la sesión pasó veloz y sin deseo de que acabara. Más tarde me escribió su tutora para decirme que sus alumnos habían disfrutado mucho con la sesión. Logré reinventarme. Ese refuerzo, ese feedback me vino como agua en el desierto. Y como agua vinieron las dos jarras de cerveza que me tuve que tomar con Nick a la salida del centro, en el famoso Crazy Fox, con dardos, pinball, billar. Temí que no serían las últimas.



Para la siguiente jornada pensé que debería ir preparando una chaqueta metálica para el alma y un casco para la mente. Después de aquella prueba de fuego comprendí, una vez más, que el docente se forja a través de las dificultades, retos y desafíos que durante el camino va encontrando.
el docente se forja a través de las dificultades, retos y desafíos que durante el camino va encontrando.
Al siguiente día y contra todo pronóstico la cosa cambió pero para bien: 4 a 0 para el equipo local. De los cuatro grupos todo fluyó como la seda. Parecía que el hecho de tener un aula fija significaría obtener buenos resultados. En España sin embargo, es casi siempre al revés donde es el profesor el que debe moverse de una clase a otra, perdiendo un tiempo y energía valiosos. Del otro modo, siempre tendría la seguridad y el control de jugar en casa, una baza que debía saber aprovechar si quería seguir ganando partidos.
Al menor despiste te regatean y te hacen enseguida el gol. Rápido te toman la medida y si luego no espabilas los demás tantos serán solo cuestión de tiempo. Es entonces cuando te ves sentando y callando a niños como si de un juego de mesa se tratase, ¿os acordáis de los hipopótamos del Tragabolas? –¡Oh my Ghosh!-. Pues a veces me siento un poco así.
La semana acabó con un viernes igual de positivo. Digamos que se quedó en un 3 a 1 para el equipo local del teacher. Y no me cansaré de repetirlo, lo que estas gentecitas necesitan son altísimas dosis de disciplina, pero también o más de cariño. Son como esponjas súper absorbentes que te dejan tan seco de energía como henchido de amor. Lo capto en cuanto se van y reordeno la clase, apreciando como nadie ese silencio inmaculado que de nuevo se escampa por el aula, congelándose a su vez por las potentes bocanadas del frío aire que el techo esparce con calma.
El mes de agosto iba llegando a su fin. Hacía falta concretar muy bien las actividades y estrategias a seguir con estos personajillos, delimitar los tiempos, ser organizado y tan flexible como el contexto de la situación así lo requiriese. Es un trabajo continuo de análisis, búsqueda, elaboración y aplicación; y si no funciona, reajusta y vuelve a empezar: ensayo – error, ensayo – error hasta ir dando con las claves del asunto.
Suecede a veces que algunos maestros de apoyo entran en mi aula y se quedan con algún alumno que necesita ayuda. En ocasiones agradeces su presencia para que no se desmadre mucho la cosa, como fue con el caso de Nelson; pero en otras circunstancias no te hace ninguna gracia por la falta de intimidad que a veces suele crear dentro del aula. Sin embargo, con el tiempo todos empezamos a vernos más como compañeros que como desconocidos, e incluso acabas aceptándolos como un alumno más al que le explicas igualmente la lección. Bueno, al menos así es mi proceder para que no suponga mayor obstáculo.
Con el último grupo del viernes 25 de agosto, el de quinto grado y uno de los más movidos de nuevo sucedió algo parecido a lo que me pasó con Nelson, y me refiero más a esa especial comunicación y no al acto de violencia. Se produjo la magia de la comunicación, más bien de la conexión. Fue con un chico guapísimo de cara, Nill, un pelirrojo que me recordó enseguida al famoso duende Pumuky; solo que esta vez tenía muy restringidas sus funciones cognitivas. Empezó gritando al entrar en clase alterando el buen ritmo que acababa de lograr. Sabía que era su forma de llamar la atención o simplemente su manera de decir: -¡Hola chicos, aquí estoy!- Por supuesto con él iba en todo momento una asistente de semblante serio y reservado que me impedía imaginar un tipo de relación cordial con el muchacho. Capté la situación al momento y en cuanto dejé algunas tareas por hacer a los alumnos, me fui a por él para presentarme y dibujar algunos garabatos sobre el papel. Le cogí su débil mano y comenzamos a trazar círculos hipnóticos de diferentes colores. En cuanto lo solté para supervisar el trabajo de los demás compañeros, el chico reclamó de nuevo mi atención con sonidos vocales. Me llamaba a su modo. Demandaba atención o así la interpreté. Regresé de inmediato, le cogí de la mano y comenzamos a pasear lentamente por todos los rincones de la clase, presentándole el mobiliario mientras palpaba los objetos que le mostraba. Supongo que para conocerlos mejor: tocábamos la pizarra, una bola del mundo, la cabeza de plástico que continuamente cambiaba de color, los rotuladores. Yo le iba hablando de los colores en inglés y en español, con un tono dulce y suave, mientras él se dejaba llevar de mi mano y yo de la suya. A veces me la soltaba pero a continuación nuevamente la buscaba. ¿Necesitaba contacto, guía, comprensión? Entré en una especie de comunicación muy especial con él. Estuvimos solo unos minutos aunque el intercambio de paz y buena energía fueron inmensos. Cuando se cansó me cogió una vez más de la mano, me llevó hasta la puerta, la abrió y me sacó al pasillo. Quería irse estaba claro. Allí salió ya la asistente, cerró él mismo la puerta y junto a ella se fue por aquel pasillo de forma tranquila y feliz. Más tarde su tutora me agradeció el trabajo realizado con él ya que está considerado como uno de sus alumnos más difíciles.
Humildemente pienso que fue el efecto sorpresa lo que lo mantuvo tan complaciente conmigo y por supuesto, el hecho de presentarle los objetos de la clase también ayudó nuevamente a la comunicación. Confío en que este buen comienzo nos sirva a Nill y a mí para forjar una buena amistad, la cual tendré que ir aprendiendo a trabajar. Él valoró mucho que le dedicara una parte de mi tiempo durante la clase. Lo sé. Para mí fue un regalo que me concediera aquellos minutos de su silenciosa comunicación. Estas fueron las lecciones que no se aprenden en ningún libro, sino que te las regala la vida de forma inesperada y espontánea, o las sientes y aceptas, o es que ni las ves venir.
Sabía que era su forma de llamar la atención o simplemente su manera de decir:
-¡Hola chicos, aquí estoy!-
A la salida del colegio me fui con Nick a echar unos dardos al Crazy Fox. Allí recargamos las baterías con el fresquito aire acondicionado, unas chips y su más que buena compañía. ¡Fue la primera vez en mi vida que vi cómo clavaba un dardo en el centro de otro y encima sobre un dardo que ya había clavado a su vez en el mismo centro! Cheers Nick!



– Próxima entrega (sábado 30 de diciembre de 2023): Kentukiana 3: Enseñando español en un aula ‘kentukiana’
Comentarios (2)
Robespierre
Lo del chaval que se dejó llevar de la mano, muy tierno. Siento que a lo mejor te iría distinto con alumnos con necesidades especiales. Hace falta mucha sensibilidad para eso. ¡Creo que Nick me gana a los dardos!
Jorge Duro
Sí, fue una experiencia que nunca olvidaré. De hecho, ese chaval lo vuelvo a ver en horas de repaso, cuando me quedo algunos días de 15:00 a 16:00 a darles repaso en el colegio y es una persona maravillooooosa. Gracias Robespierre.